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ORENCIO

XAVIER SEBASTIÀ JORDÀ


Cristina salió pronto de casa en Valle dell’Adige. Recorría en bici el hermoso camino desde Lana hasta Bolzano.
La primavera iluminaba todo. Los blancos y rosas de los manzanos en flor la hipnotizaban. No concebía nada más bello. La brisa acariciaba su rostro sonrojado.
Algunos campos todavía con velas antiheladas encendidas, junto a la luz del alba, creaban un espectáculo único. Cristina pedaleaba fascinada.
Su padre comenzó a usar un sistema a base de agua congelada que lograba que la temperatura de los manzanos no bajara de cero. El hielo aferrado a los bordes de las hojas las envolvía para regalo.
Los apicultores traían allí sus colmenas. Fascinadas por el colorido, y atraídas por el aroma dulce y embriagador, las abejas salían a polinizar las flores.
Hoy Cristina recogía feliz su certificado en Ciencias Agrícolas que tanto había soñado y por el que había luchado duro.
De regreso, con el sol mirando desde lo más alto, su pensamiento voló a “su manzano”. Diez años atrás su padre sembró una única semilla que un buen amigo le dio. Resérvale un lugar muy especial; será un ejemplar único, le dijo. Creyeron que no sobreviviría.
Fue un tesoro para Cristina, un confidente a quien contar temores y sueños. Siendo tan especial bien merecía un nombre. Sus palabras fueron: significa el que surge y resplandece, mamá.
Sus tiernos brotes y ramitas avisaban de algo inusual. Y Cristina esperaba sus primeros frutos.

“Pero, ¿o vas a dejar que siga creciendo?”, “¿Seguro que esto es un manzano?”, “¡Yo lo arrancarìa de cuajo!” - dijeron algunos.

- ¡Ni se os ocurra ponerle la mano encima. Orencio es el manzano de mi hija!¿Qué mal va hacer a nadie?
- ¡Pero si le ha puesto hasta nombre! ¡Lo que nos faltaba!

Cristina lo regaba sobre todo ahora que se acercaba el momento de que nacieran sus primeros frutos. Lo podaba y lo tenía cerquita de otras variedades para favorecer su polinización.
La cosecha sería a mano y escogería solo las frutas más maduras. Las recogería en días secos comenzando por la parte baja del árbol para que ninguna cayera sobre las otras. Las tomaban en la palma de la mano como si de un valioso tesoro se tratara. Con respeto.

Al día siguiente, cuando salió a saludarlo, el primer fruto colgaba de una de sus ramas aunque había algo...
¡Era un pequeño fruto cuadrado! Le pareció una cajita de regalo colgada del árbol de Navidad. Cuando sus padres la vieron, estaba de rodillas ante Orencio formando una estampa más propia de la bóveda de una iglesia que del campo.
El primer fruto maduró con un rojo intenso muy similar a la Gala. Con devoción lo cogieron del árbol para probarlo. Su forma cuadrada les permitió cortar la manzanita en unos pocos dados. Tras llevarlos a sus bocas sus miradas se buscaron. Era único; casi mágico.

Cuando alguien se acerca a Lana, un hermoso rincón de Südtirol, les gusta ver las miradas de quienes, con pupilas iluminadas de un niño, observan las preciosas joyas cuadradas que Orencio les sigue regalando desde aquel lejano día.

Beschreibung

Se trata de una ficción narrativa en la que pretendo subrayar la relación mágica que se establece entre los personajes que viven en el Valle dell'Adige y la tierra que les ofrece sus mágicos frutos.


Inspiration

La lectura de los testimonios de que aparecen publicados en esta web así como mi amor y respeto por la tierra y sus gentes.