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La Cajita de Mar.

Norma Cantero


La Cajita de Marlene

Cuando todo hubo acabado y no quedaba ya esperanza alguna de vida en aquel planeta azul que durante milenios albergó a la especie humana y a todas sus criaturas, el silencio se extendió sobre los mares muertos como una mortaja.
Fue entonces cuando, en un último y desesperado intento de perpetuar la vida, los hombres levantaron una nave colosal hecha de aluminio, grafito y fe. La llamaron “Arka II”, evocando los ecos del antiguo diluvio y el mito de Noé.

Los elegidos para aquel viaje eran jóvenes, fuertes y fértiles. Debían representar la semilla de una nueva humanidad en el árido suelo de Marte, el planeta rojo que, desde tiempos remotos, observó en silencio las hazañas y desdichas del hombre.
En las bodegas, escasas y frías, se almacenaban provisiones racionadas. Agua, conservas, instrumentos de medición y pequeños recuerdos de un mundo perdido. Pero entre todos los tripulantes había una niña, Mar, la más joven, elegida casi en el último momento.
Mar no llevaba consigo alimento ni objeto de valor alguno. Solo una cajita de cerillas, antigua y gastada, que guardaba entre sus manos como si en ella tuviera un tesoro de gran valor.

—¿Qué escondes ahí, pequeña? —le preguntaron más de una vez.
Ella respondía con una sonrisa misteriosa, sin soltar su tesoro.
—Solo algo que crecerá cuando todo lo demás haya muerto.

El viaje fue largo y silencioso. Desde las ventanillas ovaladas se veía la Tierra convertirse en un punto pálido, hasta desaparecer en la inmensidad del vacío.
Contra todo pronóstico, la Arka II logró amartizar. El suelo era rojizo, polvoriento, y el horizonte parecía una línea sin fin donde nada se movía. El aire era hostil, la soledad infinita, y el peso del fracaso se cernía sobre todos. Qué lejos había quedado el hogar.

Pero Mar, sin miedo, bajó del módulo principal con su pequeña cajita. Se arrodilló sobre la tierra fría de Marte, abrió la caja y mostró a los demás el secreto que había guardado con tanto celo: unas semillas de manzana.
—Eran de mi madre —dijo—. Dijo que cada manzana guarda dentro un pequeño universo, y que basta una chispa de amor para que vuelva a florecer la vida.

Bajo la cúpula de oxígeno improvisada, las plantó una a una, con las manos temblorosas y el corazón encendido. Los días se hicieron semanas, y las semanas meses, hasta que un milagro verde asomó entre el polvo rojo: el primer brote de manzano marciano.

Los hombres lloraron.
La vida, terca y luminosa, había vuelto a abrirse paso.

Años después, cuando los árboles dieron sus primeros frutos, los colonos decidieron nombrar aquellos frutos “Marlene”:
“Mar”, por la niña que creyó en la vida cuando todo parecía perdido;
y “lene”, por la dulzura de la manzana que salvó a la humanidad.

Desde entonces, cada amanecer en Marte huele a manzanas frescas y a promesa cumplida.
Y cuentan que, si uno cierra los ojos y escucha el viento, aún puede oír el susurro de una niña diciendo:
"No os he querido decir, yo me llamo Mar en honor a esta manzana"

DESCRIPCIÓN

Se trata de un cuento de ciencia ficción apocalíptico apto para todos los público en un lenguaje sencillo y familiar, dando protagonismo a la Manzana Marlene.


INSPIRACIÓN

Mi hijo con autismo come solamente mazanas Marlene, y colecciona las pegatinas de la manzana en la nevera y a diario repasa cuántas pegatinas tiene coleccionaba. Cuando le intentamos dar una manzana que no sea de Marlene, no lo prueba siquiera, lo reconocería con los ojos cerrados.